martes, 28 de abril de 2026

La Semana NovoRiff — Rock/Blues - Semana del 20 al 26 de abril de 2026


Dave Mason, Foo Fighters, Plini y la semana en que el rock volvió a discutir su memoria
Archivo activo, legado eléctrico y presente amplificado

En síntesis

La semana del 20 al 26 de abril de 2026 dejó una imagen nítida: una corriente eléctrica atravesando un archivo. El rock, el blues-rock y el progresivo no aparecieron como géneros cerrados, sino como lenguajes obligados a negociar con su propia memoria. Hubo despedidas, discos nuevos, relecturas documentales, tributos en directo, canonización institucional y canciones que volvieron a plantear una pregunta básica: qué sigue vivo cuando una música cargada de historia vuelve a sonar en presente.

El fallecimiento de Dave Mason marcó la dimensión memorial de la semana. Foo Fighters situaron Your Favorite Toy en el centro informativo, aunque todavía conviene tratarlo como noticia central antes que como reseña definitiva. Plini confirmó con An Unnameable Desire una vía progresiva instrumental de gran refinamiento. Muse activaron una nueva fase con “Cryogen”. La BBC Proms incorporó un programa dedicado al rock progresivo británico. Joe Bonamassa, Rory Gallagher, Gregg Allman, When Rivers Meet, Beth Hart, John Corabi y Devin Townsend completaron un mapa donde actualidad y archivo no se oponen: se contaminan.

La tesis de la semana es clara: el pasado pesa, pero no como ancla. Pesa como método de escucha.

1. Dave Mason: el músico de cruce que explica una época

Dave Mason falleció el 19 de abril de 2026 en Gardnerville, Nevada, a los 79 años. La noticia lo devolvió de inmediato al lugar que ocupa en la memoria del rock: cofundador de Traffic, autor de “Feelin’ Alright?” y “Hole in My Shoe”, colaborador de figuras mayores y músico capaz de moverse entre banda, estudio, sesión, canción propia y repertorio ajeno sin quedar reducido a una sola imagen pública. La causa concreta de muerte no fue comunicada inicialmente de manera cerrada, de modo que cualquier lectura rigurosa debe evitar la tentación de convertir una información incompleta en diagnóstico.

Mason importa porque no encaja del todo en el modelo más cómodo del rock clásico. No fue el guitarrista heroico absoluto, ni el frontman total, ni el compositor convertido en mito único. Fue otra cosa: un músico de cruce. Traffic, desde 1967, condensó una zona muy fértil del rock británico: psicodelia, folk, blues, jazz, soul blanco y estudio entendido como laboratorio. Mason entraba y salía de ese organismo con una relación inestable, pero su huella resulta difícil de borrar. “Feelin’ Alright?” terminó funcionando como una pieza abierta, reapropiable, capaz de viajar entre rock, soul, pop y blues sin perder estructura.

Esa es la razón por la que su muerte no debe tratarse solo como necrológica. Mason permite hablar de una forma de hacer rock menos monumental y más porosa: músicos que componían, tocaban, colaboraban, grababan, abandonaban una banda, entraban en otra sesión y ayudaban a construir el vocabulario de una época sin convertir cada gesto en autobiografía épica. Su importancia está en la elasticidad. La memoria del rock suele privilegiar las figuras totémicas; Mason obliga a mirar también a quienes hicieron circular los lenguajes.

2. Foo Fighters: noticia central, reseña en espera

Foo Fighters publicaron Your Favorite Toy el 24 de abril vía Roswell/RCA. El dato editorial más relevante no es solo la salida del disco, sino la prudencia con la que conviene leerlo. La información de lanzamiento lo presenta como un álbum grabado en casa, coproducido por Foo Fighters y Oliver Roman, mezclado por Mark “Spike” Stent y articulado en diez cortes: “Caught In The Echo”, “Of All People”, “Window”, “Your Favorite Toy”, “If You Only Knew”, “Spit Shine”, “Unconditional”, “Child Actor”, “Amen, Caveman” y “Asking For A Friend”.

El disco debe ocupar el centro informativo de la semana, pero no conviene cerrarlo todavía como sentencia crítica. La primera recepción apunta a una tensión interesante: regreso energético, voluntad de impacto físico y una agresividad que parece responder al cansancio emocional acumulado tras But Here We Are. Lo importante, para una lectura NovoRiff, no es proclamar inmediatamente si Foo Fighters han regresado a su versión más dura, sino medir si ese impulso tiene verdadera consistencia de canción.

Ahí está el criterio. “Caught In The Echo” funciona como entrada física al disco: guitarras frontales, golpe de banda y voluntad de recuperar inmediatez. “Of All People”, en cambio, permite escuchar otro ángulo: si la rabia se organiza o si queda reducida a reflejo. El problema de Foo Fighters en esta fase no es la energía; es la traducción de esa energía en material duradero. Una banda de estadio puede sonar urgente durante una semana de lanzamiento. Lo difícil es que esas canciones sobrevivan a la campaña, a la biografía y a la escala masiva del directo.

La decisión editorial recomendable es clara: Your Favorite Toy merece posición central, pero no reseña definitiva inmediata. Primero noticia, después escucha reposada. El disco pide una segunda lectura cuando se enfrente al tiempo real del repertorio.

3. El prog entra en los Proms: canonización o domesticación

La BBC Proms 2026 incorporará Prog Rock: A Fanfare for the Common Man, programado para el 18 de julio en el Royal Albert Hall. El programa aparece asociado a arreglos orquestales de repertorio de Emerson, Lake & Palmer, Genesis, Jethro Tull, Mike Oldfield, Renaissance y otros nombres clave del progresivo británico. No es una anécdota de programación: es uno de los hechos culturales más fértiles de la semana.

El progresivo nació, en buena medida, de una tensión permanente con la alta cultura. Tomó elementos de la música clásica, el jazz, la literatura, la música antigua, el teatro, la ciencia ficción, la mitología, la tecnología de estudio y los formatos extendidos, pero los reinsertó en el campo eléctrico de la cultura juvenil. Esa operación explica tanto su grandeza como los reproches que recibió durante décadas. Para sus defensores, el prog ampliaba el vocabulario del rock; para buena parte de la crítica anti-prog, lo hinchaba hasta convertirlo en aparato grandilocuente.

Por eso su entrada en un marco institucional como los Proms debe leerse con doble filo. Por un lado, hay canonización: una música ridiculizada durante años como excesiva, pretenciosa o hipertrofiada entra en un espacio de legitimidad formal. Por otro, hay riesgo de domesticación: convertir el prog en “rock con orquesta”, suavizar su incomodidad, reducirlo a fanfarria patrimonial y olvidar que su valor estaba precisamente en la tensión entre virtuosismo, riesgo, teatralidad y cultura popular.

La cuestión no es si el prog merece estar en los Proms. La cuestión es qué prog llega allí. Si llega solo la superficie sinfónica, el género queda reducido a museo de arreglos. Si llega también su conflicto —la ambición, el exceso, la inteligencia estructural, el mal gusto ocasional, la teatralidad, la violencia eléctrica bajo el barniz culto—, entonces el gesto tiene interés real. El rock progresivo no fue grande porque quisiera parecer música clásica; fue importante porque obligó al rock a pensar en larga duración, forma, textura, concepto y arquitectura.

4. Plini: guitarra post-virtuosa

Plini publicó digitalmente An Unnameable Desire el 24 de abril. Su secuencia de diez cortes —“Dorénavant”, “An Unnameable Desire”, “Ciel”, “Canyon”, “Now & Then”, “Manala”, “Vespertine”, “Ruin”, “After Everything” y “The Time Will Pass Anyway”— permite hablar de una guitarra progresiva posterior al narcisismo técnico. No porque elimine el virtuosismo, sino porque lo redistribuye.

Ese es el punto central. En Plini la guitarra no funciona como exhibición permanente, sino como eje melódico dentro de una arquitectura más amplia. Hay precisión, fraseo, control armónico y complejidad métrica, pero también respiración. La música no parece diseñada para demostrar habilidad en cada compás, sino para construir espacio. Bajo, batería, teclados, vientos, arreglos y capas de guitarra participan de un equilibrio que evita la saturación habitual de cierta instrumentalidad técnica.

En una semana dominada por la tensión entre legado y presente, Plini representa la vía más contemporánea. No mira hacia el archivo para imitarlo; asume que el rock instrumental solo puede seguir vivo si trabaja composición, timbre, dinámica y forma. An Unnameable Desire no se escucha como catálogo de recursos, sino como arquitectura sensible.

La expresión “guitarra post-virtuosa” resulta útil porque desplaza el foco. No se trata de negar la técnica, sino de negar su tiranía. El virtuosismo deja de ser finalidad y se convierte en herramienta. En ese cambio de función hay una lección para buena parte del progresivo contemporáneo: la dificultad solo importa cuando produce emoción, tensión o diseño.

5. Muse: el riff como artefacto cósmico

Muse publicaron “Cryogen” como nuevo adelanto de The Wow! Signal, su décimo álbum de estudio, previsto para el 26 de junio a través de Warner/Helium 3. La cobertura especializada vinculó la canción con los riffs espirales de su etapa temprana, apuntando afinidades con piezas como “Plug In Baby” y “Knights Of Cydonia”.

La canción interesa porque Muse vuelven a una de sus armas más eficaces: convertir el riff en dispositivo dramático. En ellos, una línea de guitarra rara vez es solo una línea de guitarra. Funciona como mecanismo narrativo, impulso escénico, arquitectura de gran formato y señal de mundo. “Cryogen” no parece una ruptura estética, sino una reafirmación: space-rock, dramatismo, tensión física y teatralidad.

La clave está en que Muse funcionan mejor cuando el exceso tiene dirección. Sus momentos menos logrados suelen aparecer cuando el concepto devora la canción o cuando la épica se vuelve puramente decorativa. En “Cryogen”, al menos como single, el interés está en la reactivación de códigos propios: ansiedad tecnológica, ciencia ficción emocional, riff amplio y sentido de espectáculo.

Para la playlist semanal debe ocupar la apertura. Es el corte con mayor capacidad de impacto inmediato y condensa muy bien la tesis general: una banda con archivo propio intenta reactivar sus señales sin quedar reducida a autoparodia. Muse no están dialogando con el archivo del rock clásico, sino con su propio archivo interno. Esa operación también cuenta.

6. Blues-rock: R. Gallagher, J. Bonamassa y G. Allman ante el archivo vivo

El blues-rock concentró durante la semana una de las zonas más fértiles del informe. No por acumulación de lanzamientos, sino por la forma en que varios nombres obligan a pensar qué ocurre cuando una tradición basada en electricidad, directo y herida personal entra en fase de relectura. Rory Gallagher reaparece a través del tributo de Joe Bonamassa; Gregg Allman vuelve al centro mediante el documental Gregg Allman: The Music of My Soul; When Rivers Meet y Beth Hart muestran que el blues-rock contemporáneo sigue produciendo relatos de independencia, voz y tensión emocional.

La cuestión de fondo no es solo musical. Es histórica. El blues-rock lleva décadas viviendo entre dos fuerzas contrarias: la necesidad de conservar una raíz —fraseo, tono, aspereza, relato del camino, voz herida— y el peligro de convertirse en museo de sí mismo. Cada generación de guitarristas, cantantes y bandas debe responder a una pregunta incómoda: cómo tocar una música cargada de pasado sin reducirla a reproducción estilística.

6.1. Rory Gallagher según Bonamassa: homenaje, museo o electricidad viva

El adelanto de Joe Bonamassa con “Tattoo’d Lady (Live)” coloca el foco sobre una tensión precisa: qué ocurre cuando uno de los guitarristas de blues-rock más visibles del presente se enfrenta a una figura como Rory Gallagher. La pregunta no puede resolverse en términos de técnica. Bonamassa tiene técnica, tono, oficio escénico, cultura de repertorio y una maquinaria profesional superior a la de la mayoría de sus contemporáneos. El problema está en otra parte: en la temperatura moral de la interpretación.

Gallagher no fue solo un guitarrista importante. Fue una forma de estar en el escenario. Su música estaba construida sobre una electricidad física, casi artesanal, donde la imperfección controlada formaba parte del lenguaje. En Gallagher, el blues-rock no sonaba a objeto de lujo, sino a carretera, sudor, amplificador exigido, fraseo urgente y relación directa con el público. Su imaginario no necesitaba mitología grandilocuente porque ya estaba contenido en el sonido: ataque, rugosidad, honestidad frontal y resistencia al barniz excesivo.

Por eso un tributo a Gallagher siempre corre dos riesgos. El primero es el mimetismo: intentar reproducir el gesto hasta convertir la versión en ejercicio arqueológico. El segundo es el pulido: llevar el material a una producción tan impecable que se pierda aquello que lo hacía peligroso. Bonamassa se mueve inevitablemente en ese filo. Su mundo sonoro tiende a la alta definición, al control y al acabado premium. Gallagher pertenece a una tradición donde el exceso de limpieza puede ser una forma de traición estética.

La elección de “Tattoo’d Lady” es significativa. No es una pieza neutra dentro del repertorio de Gallagher. Es una canción con mundo propio: músico itinerante, memoria de feria, vida de carretera, personaje y desgaste. No es solo un vehículo para solos; es una escena. Ahí Bonamassa debe demostrar algo más difícil que velocidad o precisión: debe entender el relato interno de la canción.

El hecho de que el proyecto se articule desde Cork añade densidad simbólica. Cork funciona como geografía emocional, no como simple localización. Sitúa el homenaje dentro de una comunidad de recuerdo y obliga a medir el tributo con otro criterio: no basta con que la interpretación sea eficaz; debe parecer necesaria.

La pregunta editorial para NovoRiff sería esta: ¿Bonamassa consigue devolver a Gallagher al presente o lo convierte en una pieza de museo perfectamente iluminada? La respuesta definitiva exige escuchar el álbum y ver la película completa. De momento, el adelanto permite formular el eje crítico: si la interpretación conserva rugosidad, tensión y sensación de riesgo, el homenaje puede tener valor real; si se impone el acabado impecable por encima de la herida original, el resultado puede quedar atrapado en el museo blues-rock.

6.2. Gregg Allman y la espiritualidad quebrada del southern rock

El caso de Gregg Allman abre otra lectura. Si Gallagher obliga a pensar la autenticidad del blues-rock eléctrico, Allman obliga a revisar el southern rock más allá de sus clichés habituales. Durante demasiado tiempo, parte de la memoria popular ha reducido el southern rock a guitarras gemelas, carretera, orgullo regional e iconografía sureña problemática. Esa lectura es insuficiente. En Gregg Allman hay blues, soul, gospel, órgano, voz rota, tragedia familiar, adicción, redención y una concepción de la banda como organismo espiritual e improvisador.

Gregg Allman: The Music of My Soul puede ser importante si evita la biografía lineal complaciente y entra en esa zona más compleja. Allman no fue solo una voz reconocible ni únicamente el cofundador de The Allman Brothers Band. Fue uno de los grandes transmisores de una espiritualidad sureña fracturada: una forma de cantar donde el dolor no se teatraliza desde fuera, sino que parece venir incorporado a la respiración. Su voz tenía una cualidad confesional sin necesidad de exhibicionismo sentimental. No pedía compasión; arrastraba historia.

La clave está en entender que The Allman Brothers Band no nacieron únicamente de la voluntad de endurecer el blues o expandir el rock con improvisación. La banda surgió de una mezcla cultural profunda: blues afroamericano, soul sureño, gospel, jazz, country, psicodelia, jam band y disciplina instrumental. No funcionaba como acompañamiento de un cantante ni como escaparate de guitarristas, sino como un cuerpo colectivo. En su mejor versión, los Allman no “tocaban canciones”: abrían espacios de circulación entre voces, guitarras, órgano, bajo y batería.

Gregg representa el centro vocal y espiritual de esa arquitectura. Duane Allman suele ocupar el lugar mítico del genio guitarrístico perdido, y con razón; pero Gregg aporta la continuidad emocional. Su voz conectaba la sofisticación instrumental de la banda con un sustrato humano reconocible. Sin esa voz, el southern rock de los Allman podría haber quedado más cerca de la exhibición instrumental. Con ella, se convirtió en experiencia de pérdida, deseo, cansancio y búsqueda.

La expresión “espiritualidad quebrada” evita dos extremos. No convierte a Allman en santo laico ni reduce su historia a autodestrucción romántica. Señala una tensión: la de un músico marcado por pérdida, exceso y fragilidad, pero capaz de convertir esa biografía dañada en una forma de verdad sonora. Esa verdad no es pura ni edificante; está rota. Precisamente por eso resulta poderosa.

6.3. When Rivers Meet y Beth Hart: el blues-rock no vive solo de homenajes

La semana no debe quedar reducida al pasado. When Rivers Meet y Beth Hart recuerdan que el blues-rock contemporáneo sigue activo, aunque trabaje bajo el peso de su genealogía. “The Script” funciona porque no depende solo del gesto vintage. Hay blues en la tensión emocional, en la electricidad contenida y en la afirmación de independencia, pero también hay una sensibilidad moderna, cercana al alt-rock en algunos acentos y menos pendiente de reproducir ortodoxias.

Beth Hart ocupa otro lugar: el de la voz confesional que cruza blues, soul, rock y balada intensa. El anuncio de la edición deluxe de You Still Got Me no es el acontecimiento principal de la semana, pero confirma la persistencia de un circuito donde el blues-rock se sostiene tanto por guitarristas como por intérpretes vocales de gran carga emocional. Hart no necesita ser presentada como purista; su fuerza está precisamente en la contaminación de lenguajes.

Esta combinación —Gallagher relecturado por Bonamassa, Allman revisitado por el documental, When Rivers Meet como presente independiente y Beth Hart como continuidad vocal— permite ver el blues-rock de la semana como un sistema completo. Hay archivo, homenaje, riesgo de museo, reactivación documental y presente creativo. El género no aparece muerto, pero sí obligado a justificar cada gesto. Ya no basta con sonar “auténtico”; hay que demostrar que esa autenticidad no es una pose heredada.

7. John Corabi y Devin Townsend: dos bordes del mapa

John Corabi publicó New Day, su primer álbum solista completo de material original, vía Frontiers Music Srl. Grabado en Nashville durante el verano de 2025 y producido por Marti Frederiksen, el disco trabaja una zona reconocible: rock setentero, soul, blues y hard rock clásico.

Corabi interesa porque durante décadas ha sido una voz asociada a contextos ajenos: Mötley Crüe, The Scream, Union, The Dead Daisies. New Day desplaza el foco hacia su identidad propia como cantante y escritor. “1969” funciona bien como single de playlist: memoria generacional, hard rock de raíz clásica y una voz que conserva autoridad cuando se acerca al soul y al blues. No es una revolución estética, pero sí una reubicación significativa: un vocalista de oficio reclamando centro narrativo.


Devin Townsend queda en el borde progresivo-metal de la semana con “Home At Night”, adelanto de The Moth, álbum orquestal-metal previsto para el 29 de mayo vía InsideOutMusic. Townsend no pertenece al núcleo rock/blues estricto, pero sí al relato de gran formato, ambición progresiva y emocionalidad escénica. Como cierre expansivo de playlist, funciona porque impide que la semana termine en el archivo. La electricidad continúa transformándose.

Playlist NovoRiff — Semana 20–26 abril 2026

“Archivo activo: legado eléctrico y presente en transición”

Esta playlist no está pensada como una simple recopilación de canciones aparecidas o citadas durante la semana. Está construida como un recorrido editorial: una forma de escuchar la tesis del informe. La semana ha mostrado un rock atravesado por su propio archivo: Dave Mason, Rory Gallagher, Gregg Allman, Roy Orbison, ELP, Genesis o Jethro Tull no aparecen como nombres inmóviles del pasado, sino como materiales vivos que el presente vuelve a activar, reinterpretar o discutir. Frente a ellos, Muse, Foo Fighters, Plini, When Rivers Meet, John Corabi o Devin Townsend representan distintas maneras de seguir trabajando con guitarras, voces heridas, arreglos largos y electricidad amplificada sin fingir una falsa juventud del género.

El orden, por tanto, importa. La playlist empieza con el presente eléctrico: canciones recientes que muestran cómo el rock contemporáneo sigue buscando impacto, densidad y lenguaje propio. Después entra en el blues-rock contemporáneo, donde la raíz ya no funciona solo como tradición, sino como tensión emocional y afirmación de independencia. La tercera parte desciende al archivo activo, con canciones que explican por qué el pasado de la semana sigue siendo necesario para leer el presente. Finalmente, el cierre progresivo y de directo abre el campo hacia la gran forma, la teatralidad, el repertorio sinfónico y la memoria del escenario.

La escucha ideal no es fragmentaria. Conviene recorrerla de principio a fin, como si fuera una doble sesión de radio o un programa de autor: primero el golpe, luego la raíz, después la memoria, y al final la expansión. Ese arco resume el espíritu de la semana: el rock sigue importando cuando acepta su historia sin dejar de sonar amplificado.

Cara A — Presente eléctrico

1. Muse — “Cryogen”

“Cryogen” abre la playlist porque resume muy bien la dimensión más inmediata de la semana: riff, dramatismo, energía espacial y vocación de gran formato. Muse vuelven aquí a una de sus zonas más reconocibles: convertir una figura de guitarra en mecanismo narrativo, casi como si el riff fuese una máquina escénica. No hay una ruptura radical con su lenguaje, sino una reactivación de sus mejores códigos: tensión futurista, pulso físico, teatralidad y ese punto de exceso que la banda maneja mejor cuando no se disuelve en concepto. Como apertura, funciona porque lanza el informe hacia el presente.

2. Foo Fighters — “Caught In The Echo”

“Caught In The Echo” representa el lado más corporal de Your Favorite Toy. En la playlist funciona como entrada directa al disco sin necesidad de convertir el informe semanal en una reseña definitiva. La canción permite leer a Foo Fighters desde la energía de banda: guitarras frontales, impulso físico, sensación de regreso al golpe eléctrico y una voluntad clara de recuperar inmediatez. No interesa aquí como revolución estética, sino como síntoma: una banda de gran escala que necesita volver a sonar urgente. Su papel en la lista es abrir el bloque Foo Fighters desde el músculo, no desde la explicación biográfica.

3. Foo Fighters — “Of All People”

“Of All People” equilibra la entrada anterior porque permite escuchar Your Favorite Toy desde un ángulo más compositivo. Si “Caught In The Echo” funciona como descarga, esta pieza ayuda a medir si el disco contiene algo más que reacción física. En la playlist cumple una función importante: mostrar que Foo Fighters no deben ser leídos solo desde la rabia o la energía, sino también desde su capacidad para sostener canción. Ahí está la pregunta crítica del álbum: si su impulso eléctrico se traduce en material duradero o si queda demasiado ligado al contexto emocional de la banda. Este corte permite hacer esa prueba.

4. Plini — “After Everything”

“After Everything” introduce el primer desplazamiento hacia la escucha analítica. Después del bloque más directo de Muse y Foo Fighters, Plini obliga a cambiar la atención: ya no se trata solo de impacto, sino de arquitectura. La guitarra no aparece como exhibición continua, sino como voz dentro de un sistema más amplio de timbres, capas y dinámicas. La canción tiene valor porque permite explicar una idea central para NovoRiff: la técnica puede ser intensa sin ser narcisista. Plini no renuncia al virtuosismo, pero lo integra en una escritura más coral. Por eso funciona como puente hacia el progresivo contemporáneo.

5. Plini — “An Unnameable Desire”

La inclusión de “An Unnameable Desire” refuerza la idea de que Plini debe escucharse como álbum, no solo como selección de cortes aislados. Este tema ayuda a fijar la identidad del disco: melodía amplia, refinamiento armónico, precisión instrumental y un sentido del espacio que evita la saturación habitual de cierta guitarra técnica. En la playlist, su función es consolidar la etiqueta de “guitarra post-virtuosa”: una guitarra que conserva complejidad, pero no necesita demostrarlo todo en cada compás. Es un cierre perfecto para la primera cara porque deja el presente eléctrico abierto hacia una zona más compositiva y sofisticada.

Cara B — Blues-rock contemporáneo

6. When Rivers Meet — “The Script”

“The Script” abre el bloque blues-rock contemporáneo porque desplaza la raíz hacia un presente de resistencia e independencia. When Rivers Meet no trabajan el blues-rock como museo de riffs vintage, sino como lenguaje emocional todavía útil: electricidad contenida, tensión vocal, pulso moderno y una sensación de afirmación frente al desgaste. La canción encaja muy bien en la tesis de la semana porque demuestra que el blues-rock no vive solo de homenajes o reediciones; también puede seguir funcionando como relato actual. Su lugar en la playlist es estratégico: aterriza la energía progresiva anterior en un terreno más directo, vocal y humano.

7. Joe Bonamassa — “Tattoo’d Lady (Live)”

“Tattoo’d Lady (Live)” es el núcleo memorial del bloque blues-rock. No se trata solo de Bonamassa interpretando a Rory Gallagher, sino de Bonamassa enfrentándose a un repertorio donde la técnica no basta. Gallagher exige nervio, aspereza, carretera y una relación directa con el escenario; Bonamassa, en cambio, pertenece a una cultura sonora más pulida, más controlada, de alta definición. Ahí nace el interés de la canción. Su presencia en la playlist permite plantear la pregunta crítica: ¿homenaje vivo o museo impecable? Escuchada aquí, la versión no funciona como cierre del pasado, sino como tensión entre memoria y presente.

8. Beth Hart — “Mean Ole Man Of Mine”

Beth Hart aporta al bloque blues-rock una dimensión vocal imprescindible. “Mean Ole Man Of Mine” no entra como centro informativo de la semana, sino como textura emocional: blues, soul, rock y confesión en una misma zona expresiva. Hart representa una vía distinta a la del guitarrista virtuoso: su instrumento principal es la voz, y desde ahí convierte el blues-rock en una forma de dramatización personal. En la playlist sirve para recordar que la raíz no pertenece solo al riff o al solo, sino también al fraseo, la respiración, el desgarro y la intensidad interpretativa. Es una pieza de continuidad emocional.

9. John Corabi — “1969”

“1969” funciona como bisagra entre hard rock clásico, soul rock y memoria generacional. Corabi ha sido durante décadas una voz asociada a proyectos ajenos, pero aquí la playlist lo sitúa en un espacio propio: cantante de oficio, heredero de una tradición setentera, pero también figura que necesita reposicionarse desde la canción. El título mismo activa una lectura histórica: no se trata solo de nostalgia por una fecha, sino de una atmósfera cultural, de una forma de imaginar el rock como energía social, callejera y emocional. Su función dentro del bloque es aportar cuerpo hard rock sin romper el hilo bluesero.

10. Jared James Nichols — “Runnin’ Hot”

“Runnin’ Hot” debe entenderse como recuperación editorial, no como estreno estricto de la semana. Su presencia en la playlist, sin embargo, está justificada por una razón musical clara: devuelve tono grueso, diversión guitarrera y una energía menos reverencial después de varios cortes cargados de memoria. Nichols representa una lectura física del blues-rock, más orientada al empuje que a la solemnidad. En un bloque donde Gallagher y Bonamassa abren preguntas sobre el homenaje, y Beth Hart trabaja la dimensión vocal, Nichols aporta placer directo de amplificador. No teoriza el linaje: lo enciende, lo empuja y lo lleva al terreno del riff.

Cara C — Archivo activo

11. Traffic — “Feelin’ Alright?”

“Feelin’ Alright?” es el centro Dave Mason de la playlist. Su inclusión es obligatoria, pero no por automatismo necrológico, sino porque explica la tesis completa del informe. Es una canción abierta, migratoria, capaz de sobrevivir a versiones, estilos y contextos sin perder estructura. Ahí está su valor histórico: demuestra cómo una buena composición puede moverse entre rock, soul, blues y pop sin quedar fijada en una sola identidad. En esta playlist, además, funciona como descenso consciente al archivo. Después del presente eléctrico y el blues-rock contemporáneo, Mason aparece como raíz flexible, no como pieza de museo.

12. Dave Mason — “We Just Disagree”

“We Just Disagree” permite no reducir a Dave Mason a Traffic. Es importante incluirla porque muestra otra faceta: el compositor e intérprete capaz de moverse hacia un rock de autor más melódico, suave y estadounidense, sin perder personalidad. Frente a la circulación colectiva de “Feelin’ Alright?”, aquí aparece un Mason más centrado en la canción directa, en la economía emocional y en una forma de soft rock que no necesita grandilocuencia para ser eficaz. En la playlist, esta pieza humaniza el bloque memorial. Después del Mason histórico, llega el Mason íntimo: menos escena, más voz, más oficio compositivo.

13. The Allman Brothers Band — “Dreams”

“Dreams” es la elección adecuada para conectar con Gregg Allman sin caer en el lugar común más inmediato. Frente a “Midnight Rider”, quizá más reconocible, “Dreams” permite escuchar al Allman más espiritual, bluesero e introspectivo. La canción abre un espacio de suspensión: órgano, voz, guitarra y una sensación de deriva emocional que resume muy bien la idea de southern rock como organismo improvisador. En el contexto del documental sobre Gregg Allman, este tema funciona como puerta de entrada a una lectura más profunda: no carretera y cliché sureño, sino pérdida, alma, gospel, blues y comunidad musical en tensión.

14. Rory Gallagher — “Tattoo’d Lady”

Escuchar la “Tattoo’d Lady” original después de la versión de Bonamassa es una decisión editorial deliberada. La comparación permite percibir qué se conserva y qué se transforma cuando una música nacida de la fricción entra en una producción contemporánea más pulida. En Gallagher, la canción tiene algo de crónica de carretera, personaje marginal y escenario vivido desde dentro. No es solo una estructura para el lucimiento guitarrístico; es un pequeño mundo narrativo. Su presencia aquí devuelve rugosidad al bloque memorial y recuerda que la autenticidad no está en sonar antiguo, sino en conservar tensión, urgencia y una cierta resistencia al barniz.

15. Roy Orbison — “Only the Lonely”

“Only the Lonely” introduce una memoria emocional distinta. Roy Orbison no entra aquí por relación directa con los lanzamientos de la semana, sino por su función conceptual: la vulnerabilidad masculina en el rock antes de que el rock confesional se convirtiera en lenguaje común. Su voz dramatiza la soledad sin convertirla en pose agresiva; hay fragilidad, pero también arquitectura melódica y una teatralidad oscura. En esta playlist, Orbison actúa como descanso y profundidad. Después del blues-rock de carretera y el southern rock herido, su canción abre otra genealogía: la del dolor convertido en forma vocal monumental.

Cara D — Progresivo, directo y cierre histórico

16. Emerson, Lake & Palmer — “Fanfare for the Common Man”

“Fanfare for the Common Man” abre el bloque progresivo porque conecta de forma directa con la noticia de los BBC Proms. Es una elección casi programática: rock, repertorio sinfónico, espectáculo, grandilocuencia y tensión entre cultura popular y alta cultura. ELP llevaron esa frontera al límite, a veces con brillantez y a veces con exceso; precisamente por eso siguen siendo imprescindibles para entender el debate sobre la canonización del prog. En la playlist, esta pieza no aparece como nostalgia setentera, sino como pregunta: ¿qué ocurre cuando una música nacida del exceso eléctrico vuelve al marco institucional que en parte imitaba, desafiaba y parodiaba?

17. Genesis — “Firth of Fifth”

“Firth of Fifth” es una de las mejores defensas del progresivo como arquitectura. Su lugar en la playlist responde a una necesidad argumental: demostrar que el prog no puede reducirse a pompa, duración o virtuosismo. Aquí hay tema, desarrollo, lirismo, tensión instrumental y una progresión que justifica la escucha larga. La pieza permite entender por qué cierta música progresiva puede soportar una lectura orquestal sin desmoronarse: porque ya estaba pensada con lógica estructural. En el contexto del Prog Prom, Genesis aporta el lado más narrativo, elegante y formalmente equilibrado del género. Es el corazón compositivo del bloque.

18. Jethro Tull — “Aqualung”

“Aqualung” evita que el bloque progresivo quede encerrado en la solemnidad sinfónica. Jethro Tull aportan otra cosa: acidez, mirada social, aspereza acústico-eléctrica y una teatralidad más terrestre. La canción tiene riff, personaje, ironía, suciedad y una forma de narración que conecta el prog con la calle, la marginalidad y el cuerpo. Por eso es necesaria en esta playlist. Si ELP representan la fanfarria y Genesis la arquitectura, Jethro Tull recuerdan que el progresivo también podía ser incómodo, literario, crítico y físicamente rugoso. “Aqualung” introduce tierra bajo los pies antes del tramo final de directo y expansión.

19. Peter Frampton — “Do You Feel Like We Do” — live

La inclusión de “Do You Feel Like We Do” en directo responde a la efeméride de Peter Frampton y a una idea más amplia: el directo como forma de canonización. En los años setenta, un álbum en vivo podía redefinir una carrera, fijar una imagen pública y convertir una canción en experiencia colectiva. Esta versión funciona en la playlist como puente entre classic rock, guitarra extendida, público y memoria de estadio. Después del bloque progresivo, Frampton devuelve la atención al escenario, al tiempo real, a la interacción con la audiencia. Es rock entendido como acontecimiento, no solo como grabación de estudio.

20. Devin Townsend — “Home At Night”

“Home At Night” cierra la playlist desde el presente expansivo. Devin Townsend no pertenece al núcleo rock/blues estricto, pero sí al arco de la semana: ambición progresiva, emocionalidad, gran formato y cruce entre canción, orquesta y metal. Su inclusión como cierre permite que la lista no termine en el archivo, sino en una forma contemporánea de exceso controlado. Townsend trabaja una escala monumental, pero cuando acierta, esa escala no aplasta la emoción: la amplifica. Después de Mason, Gallagher, Allman, Orbison, ELP, Genesis y Frampton, este cierre sugiere que el archivo sigue abierto. La electricidad continúa transformándose.

Conclusión: memoria en combustión

La semana del 20 al 26 de abril de 2026 no demuestra que el rock viva de su pasado. Demuestra algo más interesante: que el rock sigue teniendo sentido cuando sabe discutirlo. Dave Mason obliga a mirar a los músicos de cruce que hicieron circular el lenguaje. Foo Fighters plantean la pregunta por la energía después del duelo. Muse reactivan su propio archivo cósmico. Plini muestra que la técnica puede dejar de ser narcisismo para convertirse en arquitectura. Los Proms abren el debate sobre la canonización del progresivo. Gallagher, Bonamassa y Allman recuerdan que el blues-rock solo permanece vivo si conserva conflicto, aspereza y verdad emocional.

El archivo no sirve si se convierte en vitrina. Sirve cuando incomoda, cuando exige comparación, cuando obliga a escuchar mejor. Gallagher no necesita una iluminación perfecta; necesita que no se pierda la rugosidad. Allman no necesita postal sureña; necesita que su voz sea entendida como puente entre dolor, gospel, blues y comunidad musical. Mason no necesita estatua; necesita contexto.

Ahí está la clave de la semana: el pasado no fue refugio, sino instrumento crítico. El rock sigue importando cuando convierte memoria en electricidad.

jueves, 16 de abril de 2026

Veteranos del prog en 2026: quién sigue importando de verdad

Panorama Progresivo | Especial crítica de escena

Quién sigue importando de verdad y quién vive, sobre todo, del legado

Los veteranos del rock progresivo siguen ocupando lugares muy distintos en la escena actual: algunos conservan centralidad artística real; otros sobreviven, sobre todo, por el peso de su legado.


En el rock progresivo, la edad no siempre resta. A veces añade autoridad, espesor y continuidad. Pero también puede nublar el juicio crítico. En una escena donde la memoria pesa tanto como el presente, conviene separar prestigio histórico, vigencia de circuito y relevancia real. No basta con seguir girando, ni con conservar un nombre mítico, ni con llenar salas gracias al repertorio de otra época. La pregunta decisiva en 2026 es otra: qué veteranos siguen teniendo peso efectivo en la escena prog actual y cuáles sobreviven, sobre todo, por la fuerza de su legado.

“La gran pregunta ya no es quién fue enorme, sino quién sigue teniendo algo que decir ahora.”

La trampa crítica del progresivo: confundir memoria con centralidad

El rock progresivo es una de las pocas escenas del rock donde el pasado nunca termina de irse. No es un detalle menor. En otros territorios musicales, el presente suele devorar lo anterior con rapidez. En el prog, en cambio, el archivo sigue respirando. Las reediciones importan. Las giras de aniversario tienen peso real. Los discos clásicos continúan organizando la escucha. Y los veteranos conservan una autoridad simbólica que en otros géneros se habría erosionado mucho más.

Esa persistencia tiene algo admirable. Habla de una cultura musical que todavía se toma en serio la obra, el álbum, la arquitectura compositiva y la continuidad artística. Pero también tiene una contrapartida crítica: la facilidad con la que se confunden tres cosas distintas que deberían separarse siempre con precisión. La primera es la grandeza histórica. La segunda es la vigencia de circuito. La tercera, más escasa y mucho más exigente, es la relevancia presente.

No todo artista histórico sigue siendo relevante hoy. No todo nombre con agenda activa sigue ocupando un lugar central en la escena. Y no toda gira demuestra que una banda sigue importando del mismo modo que importó hace veinte, treinta o cincuenta años.

El progresivo, precisamente por su densidad histórica, sufre mucho esa confusión. A veces se habla de ciertos veteranos como si continuaran en la primera línea del género cuando, en realidad, su papel actual es más patrimonial que interventor. Siguen siendo respetados, siguen convocando público, siguen emocionando, pero ya no ordenan el presente. Son memoria viva, sí. Motor del momento, no necesariamente.

Y ahí está el núcleo del problema. Para analizar con honestidad el rock progresivo en 2026 no basta con reverenciar. Hay que jerarquizar. No basta con recordar quién fue decisivo. Hay que establecer quién sigue siéndolo ahora. El verdadero ejercicio crítico consiste en resistirse a la nostalgia automática y preguntarse, con cierta frialdad, quién conserva hoy una relación activa con el presente del género.

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Qué significa seguir siendo relevante en 2026

Antes de entrar en nombres conviene fijar el criterio. Hablar de relevancia real no significa premiar solo la novedad, ni castigar a quien trabaja con el legado. Mucho menos significa despreciar la historia. Significa algo más sencillo y más difícil a la vez: medir la capacidad de un veterano para seguir participando de forma efectiva en la escena actual.

Eso implica varios factores.

En primer lugar, obra reciente con impacto real. No se trata solo de publicar discos, sino de que esos discos pesen en la conversación del circuito, generen recepción especializada y no sean tratados como un apéndice decorativo del catálogo.

En segundo lugar, presencia escénica significativa. Hay bandas que siguen girando de forma puramente ritual y otras que todavía convierten el directo en un espacio de reafirmación artística. No es lo mismo recorrer salas apoyándose únicamente en la nostalgia que seguir convocando desde una idea viva de banda.

En tercer lugar, capacidad de articular escena. Algunos nombres siguen siendo puntos de referencia para músicos, festivales, sellos y oyentes del presente. Otros, aunque venerados, ya no cumplen esa función estructural.

Por último, hay un elemento menos medible, pero decisivo: la sensación de necesidad. Un veterano sigue siendo relevante cuando el presente todavía le hace preguntas. Cuando su actividad no parece una obligación sentimental del público, sino una parte orgánica del paisaje actual del prog.

Con esa vara, el mapa cambia bastante respecto al relato más nostálgico. Y lo primero que muestra es algo fundamental: los veteranos realmente centrales del prog actual no son necesariamente los más antiguos, sino los que han sabido atravesar distintas etapas del género sin desconectarse del presente.

“La relevancia no se hereda: se revalida con cada ciclo.””

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Primer núcleo: los veteranos que siguen siendo centrales

Steven Wilson, o cómo envejecer sin convertirse en museo

Si hubiera que elegir un solo nombre para resumir la idea de veterano plenamente central en el prog actual, ese nombre sería Steven Wilson.

Wilson no pertenece a la primera generación del progresivo clásico, pero hace tiempo que dejó de ser una figura “nueva”. Ya es, sin duda, un veterano. Y lo interesante de su caso es que su peso no depende de la nostalgia. No administra un museo: sigue ocupando un lugar activo en la conversación sobre qué puede ser hoy un gran disco progresivo.

Históricamente, su importancia consiste en haber reconfigurado la ambición progresiva para el siglo XXI. Primero con Porcupine Tree y después en solitario, Wilson fue capaz de conectar la herencia sinfónica y atmosférica del prog con una sensibilidad moderna, una producción refinada y una inteligencia estructural que evitó tanto el mimetismo retro como la descomposición formal. Su música siempre ha dialogado con el pasado, pero rara vez ha sonado prisionera de él.

Por eso sigue siendo central. Porque cuando se habla del presente del prog serio, visible y de gran formato, Wilson no aparece como figura de homenaje, sino como referencia viva. No es un nombre histórico que todavía puede tocar. Es un artista que todavía organiza el debate.

Dream Theater: centralidad sostenida en el prog metal

En el territorio del prog metal, ningún veterano conserva hoy una centralidad comparable a la de Dream Theater. Su papel histórico está sobradamente asentado: no solo ayudaron a definir ese cruce entre complejidad progresiva y lenguaje metalero, sino que además lo estabilizaron y lo expandieron hasta convertirlo en un modelo de referencia. En torno a ellos tomó forma una manera muy concreta de entender el género: rigor instrumental, ambición compositiva, monumentalidad técnica y una síntesis reconocible entre virtuosismo y arquitectura progresiva.

Lo verdaderamente relevante, sin embargo, es que Dream Theater no se ha convertido únicamente en una reliquia prestigiosa de aquella revolución. Siguen siendo una banda de escala, con capacidad para marcar pauta dentro de su subcampo y para funcionar como vara de medir frente a casi cualquier proyecto veterano o emergente del prog metal melódico. Sus discos, sus giras, sus cambios internos o sus nuevos ciclos de actividad continúan leyéndose como acontecimientos de escena y no como simples maniobras de mantenimiento de marca. Ese dato, en una trayectoria tan larga, tiene mucho más peso del que a veces se reconoce.

Eso no implica necesariamente que estén atravesando su pico creativo absoluto. Esa no es, en realidad, la cuestión decisiva. Lo importante es que siguen contando: continúan ocupando un lugar efectivo dentro del presente del género, siguen generando conversación y siguen siendo uno de los pocos nombres veteranos cuya relevancia actual no depende solo del pasado, sino también de su capacidad para mantenerse como referencia viva del prog metal contemporáneo.

Opeth: la excepción que se volvió norma

Opeth ocupa un lugar singular porque su centralidad no pertenece por completo a un solo territorio. Siguen siendo una referencia tanto para la comunidad progresiva como para la metalera avanzada. Y ese doble anclaje explica buena parte de su vigencia.

La historia de Opeth es, en sí misma, una miniatura de la evolución del progresivo contemporáneo. Partieron de una base extrema, ensancharon progresivamente el vocabulario compositivo, incorporaron una sensibilidad setentera sin trivializarla y acabaron generando una identidad propia, capaz de sostenerse más allá de etiquetas demasiado estrechas.

Hoy su valor está precisamente ahí: en haber demostrado que la sofisticación progresiva no necesita volver obligatoriamente al sinfonismo clásico para ser legítima. Pueden ser oscuros, densos, dramáticos y aún así profundamente progresivos. En una escena que a menudo oscila entre el virtuosismo vacío y la nostalgia ornamental, Opeth sigue representando una tercera vía de enorme autoridad.

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El neo-prog como escuela de supervivencia

Durante demasiado tiempo, incluso dentro del propio prog, el neo-prog fue tratado con condescendencia. Como si hubiese sido apenas una reanimación menor del gran relato setentero. La historia real es bastante distinta. El neo-prog fue uno de los grandes mecanismos de supervivencia del género. Y sin él, la escena posterior habría sido mucho más débil.

Marillion: el raro caso de una banda que siguió creciendo

Marillion sigue siendo un caso singular en la historia del rock británico. Muy pocas bandas nacidas como relevo de una tradición tan pesada consiguieron construir una identidad tan duradera. En su primera fase, con Fish, fueron la gran esperanza del neo-prog. En la segunda vida, con Steve Hogarth, lograron algo mucho más difícil: dejar de ser solo herederos y convertirse en una banda con idioma propio.

La clave de su permanencia no está solo en el catálogo, sino en la inteligencia con la que han gestionado la relación entre comunidad, independencia y evolución estética. En la escena actual, Marillion no son simplemente un nombre respetado. Siguen siendo una referencia estructural. Tienen público, siguen generando expectativa y conservan una autoridad de escena que no depende únicamente del recuerdo. No ocupan el centro absoluto del género como en otros momentos, pero siguen muy cerca de él.

IQ: coherencia, densidad y una seriedad poco frecuente

Si Marillion es el gran caso de banda que salió del neo-prog para construir una identidad amplia, IQ encarna la continuidad rigurosa de una línea estética que nunca necesitó travestirse para seguir siendo válida.

Durante décadas, IQ sostuvo una combinación muy británica de lirismo, densidad armónica, desarrollo lento y fidelidad a una idea de composición progresiva que muchos consideraban anacrónica. El tiempo les ha dado la razón. En una época donde tanta música prog tiende a la sobreproducción o a la inflación del gesto, IQ conserva una seriedad estructural admirable.

Y quizá por eso es, hoy, uno de los veteranos más infravalorados respecto a su peso real de escena. No hace tanto ruido como otros nombres, pero sostiene una continuidad artística que muchos proyectos más vistosos no pueden exhibir.

Pendragon y Arena: respeto sí, inflación no

Pendragon y Arena merecen respeto. No solo por lo que representan dentro de la historia del neo-prog, sino porque ayudaron a sostener una escena que, durante mucho tiempo, dependió de estructuras medianas, públicos muy fieles y una forma de resistencia estética poco visible desde fuera. En un contexto donde el progresivo ya no ocupaba posiciones centrales dentro del rock, bandas como ellas mantuvieron vivo un circuito específico, una sensibilidad melódica reconocible y una continuidad de lenguaje que fue esencial para que el neo-prog no se diluyera por completo.

Ahora bien, ese valor histórico y de circuito no debe confundirse con centralidad presente. Hoy su papel se parece más al de instituciones de nicho respetadas que al de protagonistas efectivos del momento. Siguen siendo nombres legítimos, con público propio, con peso dentro de su espacio y con una trayectoria que justifica plenamente su consideración dentro de la escena. Pero eso no equivale a decir que el neo-prog actual se organice en torno a ellas, ni que sigan ocupando el mismo lugar estratégico que tuvieron en otras etapas.

La diferencia es importante. Pendragon y Arena continúan contando para su circuito, sí, pero ya no funcionan como polos principales de conversación, ni como referencias que ordenen el presente del género del mismo modo que lo hacen otras bandas veteranas con mayor tracción actual. Por eso, cuando se las sitúa en el mismo plano de centralidad que Marillion o IQ, la escala se distorsiona. No porque carezcan de legitimidad o historia, sino porque su peso real hoy pertenece a otra categoría: la de los nombres respetados y aún activos que forman parte de la continuidad del neo-prog, pero ya no de su núcleo más decisivo..

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Sinfonismo contemporáneo: el territorio donde el legado todavía produce presente

The Flower Kings: persistencia del gran lenguaje sinfónico

The Flower Kings demostró hace ya tiempo que el gran lenguaje sinfónico del progresivo no tenía por qué quedar encerrado en el museo ni reducirse a una simple evocación reverencial del pasado. Su gran acierto fue entender que aquella tradición expansiva, melódica y luminosa del prog clásico todavía podía reactivarse con sentido, siempre que se abordara desde una convicción compositiva real y no como una réplica vacía. En ese punto radica buena parte de su importancia: no se limitaron a citar un legado, sino que trabajaron para prolongarlo de manera viva.

Con altibajos, desde luego, pero también con una continuidad muy poco frecuente, la banda de Roine Stolt ha seguido ocupando un lugar de referencia para cualquiera que quiera leer con seriedad el sinfonismo contemporáneo. No se trata de un grupo periférico sostenido únicamente por la fidelidad nostálgica de un nicho, ni de una reliquia respetada por inercia. The Flower Kings sigue remitiendo a una idea todavía activa de amplitud formal, riqueza melódica y arquitectura progresiva, algo que no tantos veteranos pueden sostener hoy con la misma claridad.

Por eso su nombre conserva un peso específico dentro del ecosistema actual. Más que un recuerdo prestigioso del revival sinfónico, The Flower Kings sigue funcionando como una prueba de que ese lenguaje aún puede respirar en presente. Y eso, en una escena donde tantos nombres históricos sobreviven más por reverencia que por verdadera capacidad de intervención, los coloca en una posición bastante más relevante de lo que a veces se les reconoce.

Big Big Train: de banda de culto a actor mayor

Big Big Train representa uno de los grandes fenómenos tardíos de la historia del prog. No proceden del canon fundacional ni del primer neo-prog, sino de una evolución más lenta que acabó cristalizando en una propuesta con enorme personalidad.

Su importancia radica en haber devuelto dignidad contemporánea a un sinfonismo profundamente británico, literario, atmosférico y emocional, sin caer en la réplica servil de los setenta. Hay en Big Big Train una conciencia histórica evidente, pero también una voluntad de narrar desde un presente sensible y técnicamente refinado.

A estas alturas, tratarlos como “media escena prestigiosa” es quedarse corto. Son uno de los actores más consistentes del prog contemporáneo. Y, probablemente, uno de los casos más claros de veterano infravalorado respecto a su verdadero peso actual.

Neal Morse: una figura tan estable que a veces se subestima

Desde Spock’s Beard hasta sus múltiples proyectos posteriores, Neal Morse ha sido una figura decisiva en la consolidación de una determinada manera de entender el prog melódico-sinfónico contemporáneo. Su trayectoria ayudó a fijar un modelo muy reconocible: composiciones de gran formato, fuerte sentido de la canción, desarrollo temático ambicioso y una inclinación clara hacia la épica espiritual y narrativa. En un momento en que buena parte del progresivo oscilaba entre la sofisticación técnica y la dispersión estilística, Morse sostuvo una línea propia, identificable y muy influyente dentro de ese sector más melódico, expansivo y estructural del género.

Lo interesante de su caso es que su problema crítico no tiene que ver con la pérdida de relevancia, sino casi con lo contrario: con el hecho de haberse vuelto una presencia tan constante que parte de la escena ha terminado por asumirla como parte natural del paisaje. Neal Morse lleva tanto tiempo produciendo, componiendo y orbitando en proyectos de peso que, para muchos, ha dejado de percibirse como un foco activo de importancia y ha pasado a verse como una especie de dato estable. Y cuando un artista se vuelve demasiado estable, demasiado visible y demasiado continuo, corre el riesgo de ser dado por supuesto. Ahí empieza, paradójicamente, cierta forma de infravaloración.

Eso no significa que hoy ocupe el vértice absoluto del género ni que siga concentrando el mismo nivel de atención que en sus momentos de mayor impacto. Pero sí implica reconocer que continúa siendo una presencia fuerte, reconocible y estructural dentro del prog contemporáneo. Su nombre sigue asociado a una tradición viva del progresivo melódico-sinfónico, y su peso dentro de esa corriente es bastante mayor de lo que a veces se admite cuando se le relega, por simple costumbre, a un papel casi automático dentro del paisaje.

“El veterano verdaderamente vigente no es el que mejor conserva el pasado, sino el que todavía obliga al presente a responderle.”

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Los setenteros aún vigentes: entre la intervención real y la gestión del patrimonio

Aquí la confusión entre legado y relevancia es todavía mayor. Porque hablamos de nombres inmensos. Y cuando el tamaño histórico es gigantesco, el análisis tiende a volverse sentimental. Sin embargo, la historia del rock exige otra cosa.

Jethro Tull: más que una reliquia respetable

Jethro Tull merece una atención especial porque suele ser leído con una inercia demasiado automática. A menudo se lo sitúa directamente en la categoría de “legado venerable”, como si su presencia actual no fuera mucho más que una prolongación respetable de una historia ya cerrada. Esa mirada resulta cómoda, pero también simplifica en exceso su lugar real en la escena. Reduce a mera administración patrimonial lo que, en realidad, conserva todavía un cierto grado de intervención presente.

Lo que Ian Anderson ha conseguido con Jethro Tull no es poca cosa. A diferencia de otros veteranos del canon clásico que sobreviven sobre todo gracias al peso de su repertorio o a la autoridad simbólica del nombre, Tull ha logrado reinsertarse en el presente con una voluntad creativa visible, no solo con una gestión elegante del archivo. Eso no significa que hoy ocupe el centro del prog contemporáneo ni que funcione como uno de sus motores principales. Pero sí obliga a reconocer que su vigencia efectiva es mayor de lo que a menudo se le concede cuando se le despacha demasiado rápido como simple institución histórica.

En otras palabras, Jethro Tull ya no debe medirse únicamente por su pasado, aunque su pasado sea inmenso. Su posición actual quizá no sea central, pero tampoco puramente museística. Se mueve en una franja intermedia mucho más interesante: la de los veteranos que, sin dominar el presente, todavía consiguen formar parte de él con algo más que prestigio acumulado.

Steve Hackett: muy fuerte en circuito, menos decisivo en el centro

Steve Hackett sigue siendo una figura enorme dentro de la historia del progresivo. Como guitarrista, su peso resulta indiscutible, tanto por su aportación al lenguaje de Genesis como por la huella que dejó en toda una sensibilidad melódica y atmosférica del género. Además, mantiene una maquinaria de directo muy sólida, una presencia escénica constante y una relación especialmente intensa con su público, algo que no todos los veteranos históricos han sabido conservar con la misma eficacia.

Ahora bien, conviene distinguir entre fortaleza de circuito y centralidad creativa. La mayor parte de su peso actual se sostiene sobre programas de repertorio, revisitas al universo de Genesis y una lógica de consagración patrimonial más que sobre una capacidad real para abrir nuevas conversaciones dentro del presente progresivo. Eso no le resta legitimidad ni valor: simplemente sitúa su papel actual en una zona distinta, más vinculada a la continuidad del legado que a la articulación del ahora.

Hackett, por tanto, no está ni mucho menos irrelevante. Sigue siendo un actor de circuito muy fuerte, respetado y plenamente vigente en términos de convocatoria y prestigio. Pero cuando se le presenta como uno de los grandes centros vivos del progresivo contemporáneo, conviene introducir matices. Su importancia actual es indudable, sí, aunque pertenece más al terreno de la gran figura patrimonial activa que al de los nombres que hoy siguen empujando de manera decisiva el presente del género.

Jon Anderson: vigencia parcial, mito intacto

Jon Anderson se mueve en una zona híbrida, y precisamente por eso su caso resulta más interesante de lo que sugieren las lecturas demasiado rápidas. Su nombre sigue cargado de una potencia simbólica inmensa: basta cualquier reactivación suya para que la comunidad progresiva preste atención de inmediato. No es una figura cualquiera del pasado, sino una de esas voces que todavía condensan una parte esencial del imaginario del género. Pero lo significativo es que su presencia reciente no puede explicarse solo por la nostalgia. Sigue habiendo impulso, energía escénica y una capacidad de convocatoria que demuestra que no todo lo que lo rodea pertenece únicamente al terreno del recuerdo.

Ahora bien, tampoco conviene exagerar el alcance de esa vigencia. Gran parte del peso que Jon Anderson conserva hoy sigue dependiendo de la memoria larga de Yes y de la carga emocional asociada a esa voz, que para muchos oyentes continúa funcionando como un vínculo directo con una de las edades sagradas del sinfonismo progresivo. Ahí reside tanto su fuerza como su límite. No estamos ante un caso de pura administración del legado, porque todavía hay una presencia real y una cierta vitalidad efectiva. Pero tampoco ante uno de esos nombres que hoy articulan de forma decisiva el presente del género.

Su posición, por tanto, es intermedia y bastante singular: la de un veterano revitalizado, respetado y todavía valioso, cuya vigencia no puede negarse, aunque siga estando muy condicionada por el tamaño de su propia leyenda. En él conviven presente y memoria, impulso real y capital histórico. Y esa mezcla explica por qué sigue importando, aunque ya no pueda leerse en el mismo plano que los nombres que hoy sostienen el centro vivo de la escena.

YES: el caso más claro de sobrevaloración relativa

Yes sigue siendo una de las palabras sagradas del rock progresivo. Su historia es inmensa, su peso simbólico resulta indiscutible y su repertorio forma parte del núcleo mismo de la tradición sinfónica del género. Pocas bandas han contribuido tanto a fijar su imaginario, su escala estética y su ambición formal. Pero precisamente por eso conviene no confundir magnitud histórica con centralidad presente. El tamaño de su legado no obliga a sostener que su papel actual siga estando a la altura del lugar que ocupa en la historia.

Hoy Yes funciona, sobre todo, como una gran estructura de legado. Lo que el nombre activa en el público y en la propia cultura prog tiene que ver ante todo con la memoria: la épica del repertorio clásico, la mitología acumulada alrededor de la banda y la continuidad emocional con una de las edades doradas del sinfonismo. Todo eso conserva un valor real, y además un valor muy alto. Sigue convocando atención, respeto y una forma de fidelidad que pocas marcas históricas pueden mantener. Pero una cosa es movilizar memoria y otra distinta intervenir de forma decisiva en el presente de la escena.

El problema, por tanto, no es que Yes exista hoy en esa dimensión patrimonial. Eso es perfectamente legítimo y, en cierto modo, inevitable para una banda de su tamaño histórico. El problema aparece cuando se la sigue leyendo como si todavía ocupara un lugar equivalente al de aquellos artistas o grupos que sí están sosteniendo presente real: discos con impacto actual, capacidad de articular conversación, influencia efectiva sobre la escena viva y una relación más directa con el ahora del progresivo. Ahí es donde conviene ajustar la escala. Yes sigue siendo fundamental para entender la historia del género; otra cosa distinta es presentarlo como uno de sus centros activos en 2026.

Focus: presencia patrimonial, peso contemporáneo limitado

Focus merece respeto por una razón simple y nada menor: sigue ahí. En un género tan dado a la mitificación del pasado, mantenerse activo durante tanto tiempo ya es, por sí solo, un hecho significativo. Ahora bien, una cosa es la persistencia y otra distinta la centralidad. Su papel actual dentro del ecosistema progresivo debe leerse, ante todo, en clave patrimonial. Es una presencia viva de la historia del género, no una de las fuerzas que hoy determinan su rumbo.

Eso significa que Focus conserva valor como legado, como memoria en circulación y como nombre que sigue evocando una tradición concreta del progresivo europeo. Pero ya no articula conversación de escena, no funciona como referencia decisiva del presente y tampoco representa uno de los focos de renovación o vitalidad del género. Su continuidad, por tanto, no invalida ni empequeñece su importancia histórica; simplemente obliga a situarla en otro plano. Más que una banda central del prog actual, Focus es hoy una figura de continuidad patrimonial: respetada, legítima y aún activa, pero ya desplazada del núcleo donde se decide el presente.

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Quiénes están sobrevalorados y quiénes infravalorados

Los más sobrevalorados respecto a su peso real

Si se mide estrictamente la distancia entre reputación histórica y peso real de escena, el caso más claro es Yes.

Después vendrían, con distintos matices, Steve Hackett, Pendragon y Arena. En todos ellos hay legitimidad, historia y capacidad de convocatoria. Pero la inflación aparece cuando se les adjudica una centralidad contemporánea que hoy ya no sostienen del todo.

Los más infravalorados respecto a su presente

En la dirección contraria, hay varios veteranos cuyo peso actual suele quedar por debajo de su verdadero valor.

El caso más claro es IQ. Su coherencia, continuidad y seriedad artística merecen más reconocimiento del que suelen recibir en el discurso general del prog.

Muy cerca aparece Big Big Train, que ya debería ser tratado como uno de los grandes veteranos funcionales del sinfonismo contemporáneo, no como una media escena prestigiosa.

También Solstice ha ganado mucho terreno y ya no encaja bien en la lectura de simple banda de culto. The Flower Kings y Jethro Tull completan ese grupo de nombres cuyo presente, por distintas razones, se minimiza con demasiada frecuencia.

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Mapa rápido del presente

Núcleo de verdad

  • Steven Wilson
  • Dream Theater
  • Opeth
  • Marillion
  • IQ
  • Big Big Train
  • The Flower Kings

Circuito fuerte y vigencia real

  • Neal Morse
  • Jethro Tull
  • Steve Hackett
  • Jon Anderson
  • Solstice
  • Pendragon
  • Arena

Legado activo por encima de centralidad presente

  • Yes
  • Focus

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La lección de fondo: el prog necesita menos reverencia automática y más jerarquía

La gran enseñanza de este mapa no afecta solo al progresivo. Afecta a cualquier escena madura. Cuando un género envejece, corre el riesgo de medir su salud por el tamaño de sus emblemas históricos y no por la calidad real de su presente. El prog está especialmente expuesto a esa trampa porque es una cultura muy apegada a la memoria, al canon, a la obra larga y a la continuidad.

Pero la memoria, por sí sola, no basta. La memoria sin jerarquía crítica se convierte en automatismo. Y el automatismo acaba reemplazando el análisis.

Por eso conviene insistir: no todo veterano activo sigue siendo central. No todo legado vivo equivale a relevancia contemporánea. No toda gira demuestra presente artístico. A veces demuestra, simplemente, la potencia emocional de una historia anterior. Y eso está bien. Lo que no está bien es confundirlo con otra cosa.

La escena progresiva de 2026 sigue teniendo veteranos importantes. Pero son menos de los que a veces se supone. Y están, además, repartidos de forma desigual. Algunos siguen siendo actores decisivos del presente. Otros viven con enorme dignidad de circuito. Otros sobreviven, ante todo, por legado.

Aceptar esa diferencia no empobrece la historia del prog. La afina.

“El prog no necesita menos memoria. Necesita mejor memoria.”

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Conclusión: quién sigue teniendo algo que decir

Al final, toda la cuestión se reduce a una vieja pregunta de la historia del rock: no quién fue más grande, sino quién sigue teniendo algo que decir ahora.

En el progresivo de 2026, la respuesta es selectiva. Steven Wilson, Dream Theater, Opeth, Marillion, IQ, Big Big Train y The Flower Kings siguen contando de verdad. Neal Morse, Jethro Tull, Steve Hackett, Jon Anderson o Solstice mantienen una vigencia apreciable, aunque en una franja menos central. Yes y otros grandes nombres patrimoniales continúan siendo fundamentales para la memoria del género, pero ya no para entender por sí solos su presente.

La escena prog no necesita olvidar su pasado. Necesita leerlo mejor. Necesita distinguir entre herencia y pertinencia, entre archivo y actualidad, entre la magnitud histórica de un nombre y su peso real en el ecosistema contemporáneo.

Porque la veteranía, en música, no se justifica por sí misma. Solo se justifica cuando el presente todavía la necesita.

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